De mis cuerpo corren rápidos,
cada fragmento de mi destruido corazón,
cabalgan veloces por mi vientre,
se deslizan por mis piernas,
huyen de la tortura de mi alma tirana.
Se escuchan a lo lejos, gritos y murmullos de dolor,
la sangre que escupen en llanto,
el mal trato de mis penas candentes,
el hedor del cadáver, mi amor.
Solo me vio morir, secar mis manos en pena y dolor,
solo me vi aprender que las palabras son frágiles piezas de porcelana,
y se quebraron sobre mi clavando sus astillas en mi espalda.
Solo me vio extender mis manos cual mendigo pide pan,
solo me vi recibiendo la indiferencia cruda de su desamor.
Se escuchan a lo lejos, gritos de guerra y protesta,
cada pieza maldita de mi se encoleriza y tiembla.
La paciencia no puede contener al tiempo,
la paz desea la venganza,
y así cada cumulo de mi humanidad se levantó ante mi pena.
Solo sentí la tibia mano de la Dignidad sobre mis heridas,
consolándome cada atardecer de invierno,
invitándome a abrazar mi calvario,
a respirar mi putrefacción y lo entendí.
El demonio hace agujeros en los corazones,
donde ella introduce sus dedos,
como a propósito, rasguña la profundidad de la entraña,
haciendo sangrar las ilusiones de un amante condenado.
Más la virgen, la hermosa de manos tibias, no lo permite,
perfuma tu cabeza, deja caer sobre ti ropaje nuevo,
viste tu debilidad con armadura buena,
te levanta y limpia todo veneno.
No temas alejarte de la sirena, dulce y maldita;
no seáis como los perros a quienes golpean una y otra vez,
y estos vuelven pensando que es así su suerte lamentable,
vuelven a dormir bajo la mesa deseando las patadas de su amo otra vez.
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