Hace mucho mucho tiempo, por allá el año 2003, mi maestro al que admiro mucho me contó una breve historia que nunca más olvidaría, lo contaré con mis palabras ya que como mencioné, fue hace mucho...
En una tierra muy lejana, vivía un maestro alfarero y un joven pupilo en una humilde y precaria hacienda. El maestro era conocido por todo el pueblo por crear piezas de greda muy originales aunque no muy finas, el discípulo criticaba constantemente el trabajo del maestro y muchas veces lo miraba en menos a pesar que el maestro día a día se esforzaba en encontrar la técnica perfecta que los sacaría de su pobreza.
Una mañana se encontraba el joven discípulo barriendo la entrada de la hacienda y el maestro se acerca muy contento a el con una vara y dos baldes en cada extremo de la vara.
-¡Discípulo, tengo una misión hoy para ti, te enseñaré algo nuevo!... pero para eso necesito que vayas al río de allí abajo y recojas dos baldes de agua.
-"No hay problema maestro, vuelvo en seguida".
El discípulo se hecho la vara al hombro y partió al río, caminó un largo camino hasta que llego a un estero apartado del pueblo, dejó la vara y un balde en la orilla, se quitó el calzado y se arremangó el pantalón, entró al rio y comenzó a llenar un balde.
Estaba por terminar cuando escucha una fina voz, un canto muy suave que venía de unos arbustos, el curioso discípulo se acerco y encontró a metros de el a una hermosa mujer que se bañaba en el río. El discípulo se escondió entre los arbustos y la observó maravillado durante horas.
Cuando la mujer procedió a vestirse dirigió su mirada al sospechoso arbusto que yacía cerca de sus prendas;
-"Sal de ahí, se que me has visto toda la tarde... ya no te escondas más", dijo mientras sus grandes ojos miraban curiosos a ver que salía de aquel arbusto.
El discípulo salió tímidamente y muy avergonzado de lo que había hecho, a la mujer le agradó el discípulo y en seguida lo perdono, ambos se sentaron a conversar largo rato hasta que ya anochecía.
-"Me gustaría que me acompañes a mi hogar, es muy peligroso para una mujer ir por ahí sola... creo que es lo menos que puedes hacer después de lo que hiciste..."
El discípulo lo creyó justo y la acompañó...
Llegaron a una casa muy descuidada, con el techo roto, las tierras de siembra destruidas y sin espacio para hacer el fuego, el discípulo preparó unas herramientas y se dispuso a reparar todo lo que podía para caerle en gracia a la mujer. Una vez con el fuego preparado, comida y uno que otro mueble reparado, cenaron, la mujer estaba tan maravillada con el discípulo que lo invitó a dormir y ni tonto ni perezoso el discípulo aceptó.
Paso el tiempo y así pasaron los años, el discípulo ya no era un joven inexperto, ahora era un hombre ya mayor y la hermosa mujer, era una mujer ya con sus años... la casa descuidada ahora era una hermosa casa apartada del pueblo; corría agua fresca, las tierras de siembra estaban verdes y con mucho fruto, la mujer vendía almuerzos al pueblo cada día, mientras que el discípulo enseñaba a sus hijos labores de carpintería.
Un día, se quedaron sin leña para preparar el fuego y debían cocinar los almuerzos... el hombre tomó su hacha y corrió a la montaña a buscar la leña. Mientras se encontraba talando los arboles una tormenta cayó sobre la región; vientos huracanados y truenos azotaban la montaña y el hombre asustado se escondió en una cueva hasta que la tormenta cesara, así pasaron las horas hasta que se durmió esperando. Cuando despertó había un hermoso sol y el clima se veía seguro para regresar a casa
Cuando regresó encontró su casa destruida; había agua por todos lados y los vientos de la tormenta habían destruido su hermosa morada por completo, sus tierras estaban llenas de rocas enormes, el panorama era caótico. El hombre rápidamente comenzó a buscar en los escombros a ver si habían señales de su familia y lo que encontró fue horroroso... su mujer y sus hijos se hallaban muertos, abrazados bajo los escombros.
El hombre se hecho a llorar amargamente y se alejó del lugar lo que más pudo, cuando su cuerpo agotado no dio más cayo de rodillas y vio su rostro reflejado en el agua. Vio con detenimiento su rostro que reflejaba ya el paso del tiempo y el dolo de lo vivido, de repente una silueta de un hombre anciano se reflejó junto a el; llevaba una lujosa túnica y calzado fino, llevaba anillos y diamantes en sus manos, una larga barba blanca colgaba de su rostro, el hombre al percatarse de quien era, el anciano le dijo:
-"Discípulo... hace mucho tiempo te pedí traer agua y aun no has regresado"
El hombre cabizbajo no se atrevió a mirar a su maestro a la cara y lloró amargamente.
Yo quede en ese tiempo muy confundido por esta historia... y mi maestro me explicó la importancia de cumplir las promesas, objetivos y sueños.... y no solo cumplir nuestra palabra nos hace un bien a nosotros mismos, sino que a quienes nos rodean... al desviarnos del camino, podemos perder mucho más que el resultado de cumplir.... podemos perdernos a nosotros mismos en el camino.
:)
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