martes, 4 de octubre de 2016

Mi último café en Montparnasse

Caminando por las húmedas costanillas de Montparnasse, maravillado por los faldones dorados de
los carruajes, los impecables trajes de los Barones y sus curiosos bigotes, tacones blancos, bastones
de marfil engominados en caucho puro francés y el café.

Llegue a un viejo pórtico de madera apolillada que hacía de cafetería, allí en una barra me
observaba fijamente un viejo camarero de edad incalculable; mirada triste y vidriosa, sus pocos
cabellos sin peinar eran tan blancos como la nieve parisina, dedos esqueléticos con uñas sucias y
partidas de tanto fregar. Se acercó a mí y con cálida voz susurro: Este va por la casa, Bon Appetit!
El mesero tembloroso sirvió un poco de café en su más fina taza de porcelana, acomodada sobre
un viejo plato trizado y con cuidado de no derramar ni una sola gota se sentó frente a mí y me
miró.



¿Qué mira un anciano, cuando ya lo ha visto todo?
¿Qué hace un café, en la boca de un viajero melancólico?
Cada trago recorría mi ansiosa garganta
Dibujando mis recuerdos con aromas empalagosos
Transformando el vacío del pórtico en un mar de voces y siluetas danzantes.
En mis labios la espuma reposaba descuidada, insuflando queridas memorias pasadas
Los amantes, el sol, las gaviotas en el muelle, el maletín de gamuza, la brisa altiva.

¡Ah, el buen café francés!

Como besaba mi boca el confín de esta taza
Un café tranquilo y espeso que emerge en su vapor, mi deseo de vivir.
Que ganas tengo de llevarte conmigo, a cada uno de mis viajes sin rumbo
Es como si el tiempo se sentara a esperar, a que terminara de gozar esta bebida
Y el viejo... ¡Como reía el viejo!, como si degustara del placer de quienes se sientan a beber su
café.

Al terminar, como un crítico limpié mi bigote, atónito de tal creación,
Recogí mi gran mochila y supe que debía partir mas no quería seguir viajando.
Porque desde que probé aquel café, sentí que ya había recorrido el mundo entero.

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